Llevamos más de quince años de casados....
Podría decir que constituimos un matrimonio feliz. Por supuesto, tuvimos
momentos buenos, regulares y malos. Tenemos tres hermosos hijos: la mayor,
entrando en la adolescencia (¿o ya entró? ¡cambian tanto las cosas!). Y hace
un tiempo, posiblemente sin darnos cuenta, comenzamos a preguntarnos por nuestra
vida sexual.
Seguramente fue él quien primero verbalizó la pregunta, pero no me resultó
una novedad la inquietud. De alguna manera, me venía rondando la idea de que no
todo era tan satisfactorio como pretendíamos. No porque nuestras actividades
sexuales fueran tan rutinarias como a veces comentan mis amigas. Sabíamos
sorprendernos de vez en cuando con iniciativas que volvían a despertar viejas
sensaciones. Pero de cualquier manera, sentíamos (y parece que también en esto
coincidimos) que nos estábamos deslizando por una pendiente que llevaba a la
rutina, al cansancio.
La pregunta de él puso sobre el tapete un tema al que aludíamos sin nombrarlo
en muchas de nuestras conversaciones nocturnas: cuál era el contenido sexual de
nuestro amor. Cuánto tenía que ver nuestra mutua fidelidad (porque puedo
afirmarlo con absoluta seguridad, ambos nos habíamos mantenido perfectamente
fieles desde aquella primera vez, bastante antes de casarnos) con la plena
satisfacción de nuestras personales necesidades sexuales. Cuántas de nuestras
fantasías se satisfacían en nuestra relación. Hablar del tema en charlas
distendidas, sin apuros ni tensiones, ayudó a que, durante algunas semanas, se
reavivara el contenido erótico de nuestras relaciones. Hablar de nuestras
mutuas fantasías nos orientó en el camino de nuevas experiencias. O, al menos,
de revitalizadas experiencias. Hasta que en esas charlas íntimas aparecieron
las fantasías vinculadas con relaciones múltiples. No en el sentido de que
individualmente uno de nosotros tuviera relaciones con otros, sino en el de que
incorporar a nuestra relación la participación de esos otros.
Durante un tiempo, no pasamos de mencionar estas fantasías sin avanzar en cómo
concretarlas. Ni siquiera en si realmente estábamos dispuestos a concretarlas.
Un día, Jorge trajo una revista de relaciones personales en la que se
mencionaban los intercambios de parejas, swingers creo que se denominaba. Y
comenzamos a evaluar las posibilidades de un enriquecimiento de nuestras
relaciones a través de un intercambio de este tipo. ¿Podría ser con otro
matrimonio como el nuestro? ¿No deterioraría más nuestra relación que lo que
podría aportar para valorizar las relaciones sexuales? Durante semanas, tocando
el tema como al pasar, de vez en cuando, la perspectiva de tener una relación
de a cuatro fue rondando nuestras cabezas. Por momentos, Jorge parecía más
interesado que lo que yo estuve nunca y me hacía pensar que quizás fuera
porque se estaba cansando de nuestra rutina. Pero en otros momentos sentía que
era yo la que quería avanzar en esta exploración. Un día, Jorge dejó un
nuevo número de la misma revista en la que se hablaba de un pub de encuentros,
especialmente de swingers. A la noche, durante una de las cada vez más
frecuentes pláticas nocturnas, le pedí más detalles del pub, pero sólo
conocía lo que habíamos visto publicado. Durante un rato largo estuvimos
fantaseando acerca de cómo sería, qué se podría encontrar, cómo nos
sentiríamos en un lugar así. Y finalmente coincidimos en que conocerlo no nos
podía hacer mal: siempre podíamos retirarnos en cuanto sintiéramos que la
experiencia no resultaba satisfactoria. Aún coincidiendo, no decidimos allì
mismo visitar el pub. Sentíamos (y estoy segura que era un sentimiento
compartido) que nos atemorizaba no coincidir en el momento de retirarnos de la
experiencia (si es que alguno de los dos no quería seguir adelante en algún
momento).
Finalmente, tras idas y vueltas (verbales) en incontables (y muchas veces
ardientes) charlas y encuentros de caricias y besos, decidimos visitar el pub.
Claro que ésta fue sólo la primera parte de la decisión. ¿Cómo debíamos ir
vestidos? ¿Cuál debía ser nuestra actitud al llegar? ¿Cómo deberíamos
movernos en el local? ¿Cómo identificaríamos una pareja que buscara lo mismo
que nosotros? Cuestiones que servian para postergar el momento de poner en acto
la fantasía. Miles de preguntas que se fueron planteando en días y noches de
dar vueltas alrededor de una idea ambigua: en realidad no estábamos muy seguros
de qué buscábamos. Quizás sí de porqué lo buscábamos: enriquecer nuestra
relación física. Y un buen día (en realidad, una buena noche, en la que Jorge
me llevó al cielo explorando con sus manos, su lengua, sus labios, cada rincón
y abertura de mi cuerpo), decidimos que iríamos el viernes siguiente.
Al entrar nos encontramos con un lugar cálido, suavemente iluminado (justo lo
suficiente como para que se pudiera reconocer a las personas), con una grata
música de fondo y poblada de gente agradable (ésta fue al menos la sensación
inicial). Al costado, una barra atendida por una pareja con uniformes sencillos
y elegantes y, acodados en ella, una pareja joven, dos mujeres evidentemente
solas y un hombre ni joven ni maduro en un extremo. En el resto del local,
varias mesitas y un espacio libre como para bailar (nadie lo hacía en aquel
momento). Nos miramos interrogativamente: ¿dónde nos ubicaríamos? Ante la
duda, comencé a caminar hacia una de las mesitas ubicadas en un rincón (al
menos, en un rincón me sentía un poco más protegida) y Jorge me siguió. A
poco de acomodarnos, un mozo se nos acercó para levantar el pedido y Jorge,
antes de hacerlo le cuchicheó algo que no alcancé a comprender, pidiendo
finalmente una botella de vino. Al alejarse el mozo me dijo que había pedido
alguna información adicional sobre cómo entrar en relación con otros y que
éste le había contestado que, junto con el vino, nos traería algunos datos
que podrían servirnos. Mientras esperábamos el pedido nos dimos cuenta que
éramos observados con interés por la pareja de la barra, bastante más más
joven que nosotros, y además, de muy buen aspecto: deportivos, saludables. Al
regresar, después de poner frente a nosotros las copas, descorchar la botella y
servirnos a ambos, el mozo se acercó a Jorge y le deslizó algunas frases que
no alcancé a escuchar. Al quedar nuevamente solos, Jorge me indicó la pareja
que estaba en la barra y otra sentada en una mesita relativamente alejada de la
nuestra, como las candidatas que le había señalado el mozo. Al mirar hacia la
mesita, nos encontramos con los ojos de la pareja sentada: se trataba de un
hombre de aspecto varonil (no buen mozo), seguramente unos años mayor que Jorge
y una mujer de mi edad, morocha y atractiva (quizás un poco regordeta). Una
sensación de temor me invadió. ¿Sería capaz de seguir adelante con un hombre
como ése? ¿Podría aceptar que una mujer tan atractiva estuviera con Jorge?
Insensiblemente, los comparé con la otra pareja. Demasiado linda, demasiado
joven, demasiado deportiva. Sentí que no podía competir con ellos. Pero, ¿es
que venía a competir? Todo me seguía resultando confuso. Volví a mirar de
soslayo la pareja de la mesita. Sentí que la piel se me erizaba. Lo miré a
Jorge y en sus ojos vi el mismo temor. Evidentemente, de seguir adelante con la
"experiencia", la elección estaba hecha (parece que en ningún
momento tuvimos en consideración que la otra pareja no quisiera). Nos quedamos
mirándonos a los ojos, sin saber qué hacer. Nuevamente miré de soslayo para
la mesita y comprobé que ambos nos seguían observando con interés. Jorge,
entonces, los miró de frente y el hombre levantó su copa, como brindando con
nosotros. Sentí que un intenso rubor me invadía y una corriente eléctrica me
recorría la columna. Jorge levantó su copa respondiendo el saludo y, al darme
vuelta para mirarlos, ya más francamente, me encontré con los ojos del hombre
fijos en mí y una ancha sonrisa invitándome a brindar. Elevé mi copa pero no
pude sostener su mirada y volví la cara hacia Jorge que había quedado con la
copa sobre los labios mirando la mujer. ¿Qué hacemos? - le dije. Y Jorge se
volvió hacia mi como saliendo de un sueño: No sé. - me respondió.
Lentamente, chocamos nuestras copas y bebimos un sorbo. Y ambos volvimos a mirar
a esa mesita que se había convertido en el centro al que convergía toda
nuestra atención. En ese momento, el hombre se levantó y avanzó hacia nuestra
mesa. Jorge echó atrás su silla y se colocó frente a él (¿me estaría
defendiendo? ¿Quería protegerme? Ideas que me atravesaron como un relámpago).
Se estrecharon las manos y la presentación fue breve: Carlos resultó su nombre
y Eva el de su mujer. Jorge los invitó a venir a nuestra mesa y Carlos aceptó
volviéndose hacia la suya a recoger sus copas y volver con Eva. Nos sentamos de
modo que cada uno tenía a sus lados la otra pareja y enfrente a la propia y se
inició una conversación deshilachada sobre la música actual. En algún
momento uno de ellos preguntó si era la primera vez que veníamos a este pub y
Jorge contestó asintiendo y preguntando a su vez. No, - contestó Eva - aunque
no somos habitués. No me atrevía a preguntar cómo habian sido sus
experiencias anteriores. Sentí que la pierna de Carlos se apoyaba en la mía.
Dudé acerca de cuál debía ser mi comportamiento (¿qué estaría haciendo
Jorge con sus piernas?). Alejé un poco la mía, sintiendo aún el roce de su
pantalón y Carlos volvió a acercarla moviendo suavemente el pie para que no
sólo presionara la mía sino que, en cierta forma, la acariciara. Sentí que
saltaban pequeños chispazos dentro mío y moví las manos sobre la mesa,
tratando de acomodar esas sensaciones. Y vi que Jorge había tomado una de las
manos de Eva mientras ella lo miraba lánguidamente. Carlos se paró
invitándome a bailar (era un viejo bolero) y lo seguí. Me abrazó suavemente y
nos fuimos deslizando por la pequeña pista sintiendo que, poco a poco, la
presión de su brazo sobre mi espalda se hacía más intenso, su mano soltaba mi
mano y completaba el abrazo. Y sus manos se movieron acariciándome, mientras
sus labios buscaron mi cuello. Quedé rígida, desorientada. ¿Qué debía
hacer? ¿Permitir que me besara? Busqué con la vista a Jorge. Se encontraba en
la mesa al lado de Eva y habían juntado sus sillas. Jorge pasaba su brazo por
sobre los hombros de Eva y dejaba caer su mano sobre el escote. Vi que me miraba
y en sus ojos la misma pregunta que me hacía yo: ¿seguimos? No sé si fue
real, o influencia del calor que me provocaban los labios de Carlos en mi
cuello, pero me pareció que Jorge aprobaba el seguir adelante. Insensiblemente,
mi cuerpo se fue ajustando al de Carlos, extendiendo el contacto y sentí contra
mi pubis su miembro duro. Sus labios recorrían mi oreja y de prontro sentí que
su lengua la exploraba discretamente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y,
sin darme cuenta, comencé a acariciar su cuello y sacudí la cabeza para
enfrentarme a Carlos. Nuestras caras estaban muy próximas, casi rozándonos.
Mis labios se abrieron: no sé si realmente deseaba besarlo o sólo exploraba
nuevas sensaciones. Miré hacia donde estaba Jorge. ¿Me estaría observando?
¿Qué pensaría? Una nebulosa me rodeaba cuando sentí que la boca de Carlos se
aplastaba contra la mía y su lengua, suavemente, recorría mis labios como
invitándome a abrirlos. Una de sus manos bajó por mi espalda, lentamente, y
recorrió mis nalgas, mientras su lengua jugueteaba con la mía. Me apreté más
contra él, sintiendo que un agradable calor me envolvía. Perdí la noción de
dónde nos encontrábamos y de lo que estaba haciendo. Como si él lo
percibiera, la mano de Carlos que acariciaba mis nalgas las apretaron más
fuertemente, atrayéndome más hacia él y haciendo que su miembro se incrustara
en mi pubis. Sentí que me hablaba susurrando pero no podía entender lo que me
decía. Una oleada de sensaciones contradictorias me invadía. Quería seguir
adelante, desnudarlo y desnudarme, acariciarlo y sentirme acariciada. Y al mismo
tiempo, me sentía perdida sin Jorge. ¿Cómo podía gozar sin él? Quería
tenerlo también conmigo, compartir mi goce. Una locura. Carlos seguía
hablándome y de pronto me di cuenta que me invitaba a seguir en su casa. ¿Los
dos? Miré hacia la mesita: Jorge y Eva no estaban. De golpe me pareció volver
a la realidad: ¿dónde estaba Jorge? Paseé la mirada buscándolo casi con
desesperación. ¿Me habría dejado sola? Todas las sensaciones que segundos
antes me invadían desaparecieron. . . o pasaron a un segundo plano. Porque los
ví. Bailando como supongo nos verían a Carlos y a mi. Muy abrazados,
besándose, Jorge acariciando una teta de Eva y ella llevándole la mano para
que la explorara por debajo de la blusa. Todo lo que parecía haber desaparecido
reapareció. Aumentado. De alguna manera, sentí que estábamos compartiendo una
experiencia que colmaba nuestras fantasías. Y volví a escuchar a Carlos que
insistía en ir a su casa. ¿Los llamamos? - le dije. Seguro. - respondió. Y,
al ritmo lento del bolero nos fuimos acercando. ¿Nos vamos? les dije, aunque
mirando a Jorge, buscando su aprobación. No hicieron falta palabras. Soltando
los abrazos, los cuatro nos dirigimos a la mesa a recoger nuestras carteras y
pagar el vino. Medio en broma, medio en serio, Jorge, dirigiéndose a Carlos le
preguntó: ¿Nos llevamos la botella? Es un crimen, queda más de la mitad. No
sé cómo fue la conversación con el mozo, porque Eva ya me empujaba hacia la
puerta invitándome a ir en el auto con ella, "así dejamos que ellos vayan
ajustando el programa y nosotras buscando la forma de mejorarlo".
En la playa de estacionamiento, subimos Eva y yo al auto de ellos y Jorge y
Carlos al nuestro. Nos encontramos en casa. -lanzó Eva al aire, en dirección a
Jorge. Y partimos. A poco andar, una mano de Eva se apoyó en mi muslo
preguntando al mismo tiempo cómo la estaba pasando. Contesté que bien, aunque
todavía no me terminaba de ubicar. Acariciando mi pierna, Eva comenzó a hablar
suavemente de sus experiencias anteriores. Que no siempre fueron satisfactorias,
pero que estaba segura esta vez sí lo serían. Dijo sentir que había entre los
cuatro una corriente de sensaciones placenteras y compartibles. Mientras, su
mano se deslizó por debajo de mi pollera para seguir acariciando mis piernas.
Nuevamente el calor me invadía, junto con la sorpresa: ¿disfrutaba de las
caricias de una mujer? Insensiblemnte, acomodé mi cuerpo en el asiento para que
las manos de Eva pudieran llegarme más profundamente y mis dedos buscaron
explorar su cuerpo torneado, su busto perfecto. Pude ver a Eva sonriendo
mientras manejaba con precaución. De golpe me asaltó otra idea: ¿qué
estarían haciendo Jorge y Carlos en nuestro auto? ¿Qué clase de relaciones
estábamos iniciando? ¿Esto es lo que buscábamos? Eva pareció percibir mis
dudas. Quizás, al sentir que me alejaba, entendió lo que me estaba pasando,
porque, introduciendo unos dedos por debajo de mi tanga, me intimó a
concentrarme en mi placer, olvidarme de lo que sucedía fuera de nuestro auto.
Le retiré la mano, aunque permitiendo que siguiera acariciando mi pierna.
Quería y no quería este contacto. Mis manos, que se habian alejado del cuerpo
de Eva, quedaron en el aire, dubitativas, sin saber si volver a pasearse por sus
tetas o caer sobre mi falda. No duró mucho la duda porque Eva anunció que
habíamos llegado. Detrás nuestro estacionó Jorge y ràpidamente entramos los
cuatro en la casa, que se iluminó con una luz tenue, difusa, muy agradable.
Carlos anunció que iría a buscar unas copas y Eva me invitó a ponerme
cómoda, al tiempo que ella se despojaba del saquito que llevaba sobre la blusa,
que había quedado con los botones desprendidos (¿habría sido yo en el auto
quien los desprendió? ¿No los desprendió Jorge mucho antes, en el pub?).
Mirando su blusa entreabierta, su pequeño corpiño de encaje, del que
sobresalian unas tetas hermosas, me quedé paralizada, sin saber qué hacer. El
contacto con Eva había movido fantasías que desconocía y, por otra parte, el
recuerdo del abrazo de Carlos en la pista todavía me provocaban oleadas de
calor. De pronto sentí que Jorge me abrazaba como para bailar. Recién en ese
momento me di cuenta que habían puesto música muy suave. Me abandoné en los
brazos de Jorge y comencé a besarlo en el cuello, deseándolo como nunca.
Sentí que su mano descorría el cierre de mi vestido y me acariciaba la
espalda, mientras murmuraba preguntándome cómo lo estaba pasando. No supe
cómo describir la excitación, las emociones, el asombro ante el descubrimiento
de sensaciones desconocidas que me venían asaltando desde nuestra entrada al
pub. De pronto, una mano en mi hombro nos separó: era Carlos que, sonriendo,
decía que era hora de cambiar de pareja mientras me tomaba en sus brazos. No me
había dado cuenta en qué momento se había sacado el saco y la corbata y en un
relámpago vi que tenía su camisa abierta y de la abertura surgía un pecho
fuerte con un espeso vello gris. Una mano de Carlos me recorrió la abertura que
Jorge había dejado en mi vestido, mientras la otra me recorría el hombro
bajandome el bretel (en realidad, me di cuenta de lo que estaba pasando cuando
sentí el bretel cayendo sobre el brazo). Me sobresalté y, como otras veces a
lo largo de la noche, busqué la aprobación de Jorge. Vi que, mientras bailaba
con Eva, estaba desprendiendo el cierrre de la pollera. Cuando estuvo abierto,
vi cómo Eva se separaba un poco de Jorge para permitir que la pollera cayera al
piso. Debajo tenía medias y portaligas. Con la camisa abierta, la hacían aún
más atractiva. Sentí vergüenza de mis pantys. Mirándolos, no me había dado
cuenta que el segundo bretel corría sobre mi brazo que rodeaba el cuello de
Carlos. La mano que lo empujaba me obligó a bajar el brazo y el vestido se
deslizó al suelo. Sentí miedo. No sé de qué. Me sentí desprotegida. No sé
porqué. Me sentí avergonzada. Y sin embargo, quería seguir adelante. Sin
dejar de estar abrazados, Carlos me fue conduciendo hacia un sillón dispuesto
en una esquina. Mientras íbamos hacia él, me desprendió el corpiño y
comenzó a meter una mano por debajo de mis pantys. Giré la cabeza para ver
qué hacían los otros dos y me crucé con la mirada de Jorge que parecía
aprobar todo lo que estaba pasando. Vi que ella ya no tenía la camisa ni el
corpiño y que las manos de Jorge trabajaban sobre el culo de Eva. Mirándolos,
me sorprendí cuando mis piernas tropezaron con el sillón. Las manos de Carlos
me bajaban mis pantys junto con la tanga, acariciando mi culo y deslizando un
dedo por mi ano. Un shock eléctrico me sacudió cuando él, suavemente, me
empujó para que me dejara caer en el sillón y me terminaba de sacar las
pantys, mirando con deleite mis piernas abiertas y mi sexo a la altura de su
cara. Comenzó a acariciarme el interior de la pierna con sus labios,
acercándose cada vez más, lentamente, a mi sexo húmedo. Abrí más las
piernas y le tomé la cabeza para incrustarla en mi vagina, pero se resistió.
Siguió recorriéndome la pierna muy lentamente, mientras sus manos me
acariciaban por detrás. Me fui hundiendo en el sillón, levantando mi pubis y
agarrando su cabeza con fuerza. Sus labios ¡al fin! llegaron a mi vagina y
mientras la besaban, se separaron para dejar salir su lengua que me penetró,
revolviéndose, acariciando mi clítoris y sorbiendo mi humedad. Apreté fuerte
mi sexo contra su cara y levanté mi culo del sillón. Como si hubiera esperado
este movimiento, la lengua de Carlos se dirigió rápidamente a mi ano y
comenzó a explorarlo. Sentí que explotaba. Violentos sacudones conmovieron
todo mi cuerpo mientras su lengua volvía a explorar mi vagina. No podía creer
que hubiera alcanzado tan rápidamente un orgasmo tan completo. La imagen de
Jorge se me cruzó tras los pàrpados cerrados y, al abrirlos, lo vi: Eva en
cuatro patas y él detrás, ¿nos estaban ¿mirando? mientras el movimiento de
las caderas de ella y las sacudidas del cuerpo de él delataban que estaban
disfrutando con entusiasmo de sus propios cuerpos. Sentí que la lengua de
Carlos se estaba retirando y, al mismo tiempo, sus manos acariciaban mis
caderas. ¿Qué esperaría de mi ahora? Se irguió y me ayudó a sentar más
cómodamente en el sillón. Al mismo tiempo, acercó su miembro a mi cara. Lo
besé. Abrí los labios para pasar la lengua por toda su longitud, pero un corto
empujón me la introdujo toda en la boca. Comencé a chuparla haciendo que la
cabeza recorriera todo el interior de mi boca. Que mi lengua la envolviera.
Sentí que me tiraba la cabeza atrás, quedando su órgano frente a mis ojos.
Volví a besarlo. Sus brazos me rodearon y me levantaron y comenzó a besarme en
el cuello, en la boca, en los ojos, mientras sus manos me recorrían la espalda,
el culo y se movían hacia delante para acariciarme las tetas. Le tomé la
cabeza para que bajara y me lamiera los pezones y se dejó llevar. Aún chupando
los pezones, se fue poniendo de costado, haciéndome girar en sentido contrario.
De pronto, me estaba besando el cuello, pero por la espalda. Un escalofrío me
recorrió la nuca al sentirlo. Su lengua fue bajando, recorriendo mi columna
vertebral mientras se iba sentando. Me abrió las piernas y me pidió que fuera
bajando para sentarme sobre él. Su mano exploraba mi zona genital (y anal)
mientras yo descendía. De pronto sentí su miembro apoyado en mi ano y un
impulso incontenible me sacudió: me dejé caer lentamente para que me
penetrara. Primero un dolor delicioso y luego todas las sensaciones más
violentas y agradables se desencadenaron: sin darme casi cuenta, subía y bajaba
para que me atravesara más y más. Sus manos me acariciaban las tetas,
pellizcaban mis pezones y bajaban por mis lados y volvían a subir. Sentí que
otra boca se acercaba a mi vagina, que una lengua me acariciaba el clítoris.
Busqué la cabeza que se había metido entre mis piernas: era la de Jorge y, al
abrir los ojos vi que Eva, debajo de él lo estaba mamando mientras él se
hundía en mi vagina. Era demasiado. Sentia que no podía ya aguantar tanta
excitación, tanta tensión. Y nuevamente exploté. Temblando de pies a cabeza
con espasmos increíbles, agarrando al cabeza de Jorge para que no saliera de mi
vagina, sintiendo el miembro de Carlos que me seguía taladrando. Casi
simultáneamente, sentí un fuerte chorro que se derramaba dentro de mi culo y
el cuerpo de Carlos que se sacudía eléctricamente. Con la última sacudida
sentí que Carlos me levantaba. Di vuelta la cara para mirarlo y comprendí lo
que deseaba. Terminé de incorporarme para darle lugar a Jorge a que se retirara
y me puse en cuclillas frente a Carlos tomando entre mis manos ese miembro
maravilloso que parecía querer descansar. Me olvidé de Jorge y comencé a
besar ese instrumento de placer que parecía en retirada, deseando
reencontrarlo, mientras mis manos acariciaban sus huevos y se hundían por
debajo buscando su ano. Sentí como se acomodaba para que pudiera jugar con
libertad. A las caricias de mi lengua, su miembro respondió irguiéndose
nuevamente. Absorbí las gotas de semen que chorreaban de su cabeza y la
introduje en mi boca, paladeándolo con delicadeza mientras lo sentía crecer
contra mi paladar. Simultáneamente, sentí una lengua que se desplazaba por mi
culo buscando mi ano. Otra oleada de emociones me invadió y me hizo mover las
caderas para que esa lengua me penetrara. Después de la agresión del miembro
de Carlos, la caricia de una lengua cálida me provocaba una catarata de placer.
¿Quién sería? ¿Habría vuelto Jorge a meterse entre mis piernas? No me
importaba, con tal que siguiera. Las manos de Carlos me acariciaban la cabeza,
jugando con mi cabello, dejando que su instrumento entrara y saliera de mi boca
mientras lo chupaba con fruición. De pronto atrajo mi cabeza contra él de modo
que su miembro se hundió profundamente hasta mi garganta. Lo apreté suavemente
con mis dientes y jugué con mi lengua, sintiendo que Carlos aflojaba la
presión sobre mi cabeza, permitiéndo que, con los labios fuertemente apretados
alrededor de su tronco, fuera saliendo de a poco y volviera a entrar en un
movimiento de vaivén acariciante. La lengua ¿de quién? seguía acariciando mi
ano que se abría para dejarla entrar. Mis dedos seguían explorando el de
Carlos y acariciando sus huevos. Sentía las vibraciones de Carlos que
preanunciaban un nuevo orgasmo. Muy despacio, cerrando fuertemente los labios
alrededor de su miembro, lo fui sacando de mi boca, paseando la lengua
agitadamente por sus flancos. Sentí cómo se venía el torrente en el momento
en que, fuera de mi boca, sólo quedaba mi lengua acariciando su cabeza. El
chorro me explotó en la cara y se derramó por mis mejillas y mi cuello. Froté
la cara contra su miembro mientras nuevas oleadas de semen me golpeaban la nariz
y los labios, entreabiertos para saborearlo. Me incorporé a medias, sintiendo
que la lengua que me acariciaba el ano dejaba de hacerlo y volví a bajar mi
culo para retomar el delicioso contacto. Por nada del mundo quería dejar de
sentirla, no importa de quién fuera esa lengua. Saqué mis manos del contacto
con Carlos y las dirigí hacia mis nalgas: quería acariciar la cabeza que se
incrustaba contra mi culo. Mi izquierda tropezó con un cuello suave, una piel
tersa. Me acomodé para que pudiera penetrarme con más fuerza. Frente mío, el
instrumento de Carlos, cansado, parecía retirarse. Me incliné para besarlo,
sin dejar que Eva se apartara de mi culo. Al levantar nuevamente la cabeza, la
giré y vi a Jorge mamando absorto la vagina de Eva y, muy cerca de mí, su
familiar instrumento, erecto, que me invitaba a tomarlo. La mano que habia
reconocido la cabeza de Eva se apartó para acariciarlo. Suavemente al
principio. Más agitadamente en la medida que la lengua de Eva me acercaba al
orgasmo. Olas de calor subían desde mi culo y mi vagina y una sacudida violenta
anticipó el comienzo de un orgasmo que parecía no iba a terminar nunca. Entre
temblores me volqué hacia el miembro